Hipopotamos Rosas. 2013.

Hoy vi a Pedro por primera vez, se veía desorientado aunque quizás la desorientada era yo, gordo en exceso, nariz grande, orejas pequeñas y tez oscura. Pedro estaba sumergido en el más profundo río de los crepúsculos de mi casa, comiendo rayitos de sol y azulejos ¡Tan sereno! Me quede quieta observándolo a través de los barrotes de la ventana, a través de las hojas del tamarindo, su piel se veía perfectamente cuidada y suave, caminaba dando saltos y tumbos con total delicadeza ¡Como si fuera un bailarín de ballet!

El tiempo pasaba y no podía dejar de ver aquel animal rosado, enaltecido por la grandeza, con una pose de superioridad, esa grandeza que los humanos no poseemos. Su oscura piel se torno completamente negra, su suavidad se convirtió en escamas, sus gordas patas ahora eran delgadas y palmeadas, una larga cola y feroces colmillos; ya no era aquel bailarín de ballet, ahora era una tosca y feroz bestia, azoto con su cola rugiendo, sus ojos cafés ahora eran amarillos y me miraban profundamente, siguió avanzando y dando tumbos llenos de cólera, hasta que finalmente nada quedó.

Desde ese día, todos los días, lo veo a través de mi ventana, admirando su gloria y de vez en cuando charlando con él, un día me dijo que se llamaba Pedro, aunque no le gustase ser llamado así, incluso un día dijo que cuando el viento pasaba, él, dejaba de ser hipopótamo y se convertía en un cocodrilo, ¡Incluso un día me enseño a bailar! Bailábamos Wolgang y vals victoriano, incluso en ocasiones Janis Joplis luego de tomar té inglés.

Y aún después de todo, un día desapareció, yo iba todos los días a la misma ventana, le dejaba galletas de naranja y té de jazmín, con la esperanza de que un día recapacitara y volviera… Pero ese día no llegaba, mis días eran como una Follia eterna, porque La Follia puede hacerte feliz o desgraciadamente triste. La primavera había llegado, me senté a ver las flores florecer, aun es la misma ventana, a la misma hora, cada día.

Hoy vi a Pedro por última vez, se comía las flores de aquellas parchitas que tanto me había costado sembrar, pero no importaba, allí estaba, mi amigo, mi mejor amigo ¡Pedro! grite intentando no sollozar ¿Pero cómo? ¿Cómo no he de llorar si la rejilla de la ventana no me deja tocarle? No lloréis, pequeña niña -dijo él – no vale la pena llorar por una nube; mi deber es partir, pero antes he de decir que no has de llorar por mí, recuerda siempre que eres mi joven Victoria, la reina de mi castillo, ya me voy, Laura, pero siempre estaré bailando contigo.

Ayer vi por última vez a Pedro, desde entonces sumergida en un eterno Wolgang Amadeus sinfonía N. 25 en G menor.

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